Minotauro (poema en sesenta y cuatro estrofas y un verso suelto)

“La gente a veces desconfía de cualquier poesía que se propone un fin determinado, de la poesía en la cual el poeta sostiene opiniones sociales, morales, políticas o religiosas. Y tienden más a negar que sea poesía cuando les disgustan esas opiniones”.
T. S. Elliot


Minotauro está dedicado a los muertos y los mutilados, también a aquellos, aún vivos, cuyo nombre está ya escrito, temblando en un papel. Y asimismo a todos aquellos que creen que el terror no es más que el peaje que nos hace pagar la mentira cuando se disfraza de utopía.


Prólogo

A casi ninguno de mis amigos les ha gustado Minotauro, y no han sido pocos los que me han aconsejado que lo dejase dormir un sueño eterno en el cajón menos frecuentado de mi escritorio, alegando que acaso me sería perjudicial como poeta no menos que como ciudadano. Yo no les he hecho caso, como se ve, aún reconociendo que no les faltaba razón y menos aún faltaban ellos al deber de la amistad, que lleva aparejado ese otro deber del buen consejo. Algo, dentro de mí, y que todavía no sé muy bien qué es, me impulsaba a darlo a la luz, fueran cuales fuesen su difusión y las reacciones que pudiera suscitar —si es que suscitaba alguna.

Si dijese que comencé a escribir Minotauro tan sólo porque me apetecía explorar las posibilidades del antiguo verso medieval de arte mayor, ni yo mismo me lo creería. Sin embargo, es verdad. Para cualquier poeta, y desde luego para mí, los aspectos técnicos y formales son la verdadera clave de la poesía. Yo suelo decir, porque así lo creo: “La forma es el auténtico fondo”. Es una verdad general que lo es también en poesía.

No quiero, sin embargo, engañar a nadie: Minotauro no es un poema lírico, sino un poema político, es decir, la calderilla en la que ha degenerado el oro de la épica. ¡A buenas horas mangas verdes!, se me dirá. Un poema político a estas alturas. ¿No han quedado ya suficientemente desprestigiados Celaya y Otero y demás compañeros mártires de la santa causa? ¿No quedamos en que el Canto general de Neruda, el Canto personal de Panero, el Poema de la Bestia y el Ángel de Pemán, et caetera, son ya basura nuclear en el cementerio encofrado de polvo de las bibliotecas? ¿O es que vas a emular —me preguntará alguno— al Quintana de la Oda a la revolución de marzo?

Ni tanto ni tan calvo, digo yo, ni nuevo ni viejo, porque todo es, a la vez viejo y nuevo. Poema político, poema ideológico (¿lo que fundó Platón no fue una estética de las ideas puras?), con su porción de viejo y sus pizcas de nuevo, y todo bien revuelto y sazonado ad libitum.

La poesía política es, claro, no me engaño yo tampoco, poesía de segunda división. Y aún dudo mucho si no jugaría mejor en un equipo de la categoría regional preferente. Es, desde luego, en todo caso, una poesía de circunstancias, ligada a la ocasión. Esto, en principio, no encierra nada de peyorativo. A mí nada me gusta más que la poesía de ocasión, y me encantaría que volviese la costumbre de escribir versos en los abanicos de las damas o en los álbumes de ciertas casas. Más que nada, porque así se vería que no pocos poetas de los que son y están ahora en España no saben pergeñar una décima ni concluir un soneto ni acaso enjaretar una sarta de metros idénticos, sin que les falte o sobre sílaba ni se les rompan las costuras. Porque ésa es otra, reivindica uno el metro y la estrofa porque reivindica la musiquilla, el sonsonete y el paso-doble, o sea, la canción que suena frente a la línea onfálica del poema para solitarios y para silenciosos. Porque cree uno en la percusión, requisito ineludible de la repercusión. Aunque todo sea valedero según para qué cosas. Habíamos quedado en que estábamos hablando del poema político. De un poema político algo raro.

Lo malo, creo yo, es que se pretenda envolver lo político con la capa de lo eterno. La mixtificación es el auténtico peligro de este tipo de poesía que, por otra parte, ha existido siempre, en todas las épocas y en todos los países. Por eso yo creo que en la poesía política es indispensable el ripio. Una “Teoría del ripio” está, por lo que se me alcanza, aún por escribir. No acometeré yo aquí tan arriesgada empresa, pero diré, con todo, que la función del ripio en este tipo de poemas es, primero, conectar con todas clases de público, especialmente con aquel que no suele leer poesía (y paso de poner ejemplos en Minotauro que el lector avispado descubrirá por sí solo), y segundo, introducir una clave irónica, un cierto distanciamiento con lo que se afirma (esto último, al revés que lo primero, va especialmente dirigido al público culto).

El poeta-político debe creer interiomente en lo que verbalmente exterioriza, ya que de lo contrario sería un mercenario o un impostor, pero debe creer, con todo, muy relativa y provisionalmente, dando siempre un cuarto al pregonero de la duda, un tercio a las lentas razones del tiempo y una mayor tajada a las previsibles impugnaciones y contraargumentaciones y redarguimientos del adversario. En esto me quisiera diferenciar de la poesía social de los infelices fifties, pues estoy convencido de que Celaya y Otero (y demás compañeros mártires) estaban convencidos de que su Verdad era Eterna, Absoluta e Inmutable: algo, por lo menos, ha aprendido uno de la caída del muro de Berlín. Y de otras caídas.

¿Y a quién va dirigido Minotauro? Podría pensarse que el poema político sólo puede gustar a los partidarios. Pero no. Como es habitual en ella, la realidad ofrece muchas más posibilidades de las que le conceden los que tienen en poco a esta tan normalita y desconcertante señora. Puede que haya partidarios a quienes les guste, y partidarios a los que no. Y puede que alguno rechace el contenido, en mayor o menor proporción, sin que deje de alabar la forma (esto, también en mayor o menor proporción).

Pero, de todas todas, me parece que los poemas mejores (y no quiero decir que éste lo sea, venga, hombre, por favor) son los que van dirigidos a alguien. Uno siempre habla para alguien, aunque sea para sí mismo. San Juan escribía para su arrobado rebaño de beatas férvidas. Yo (perdón por citarme a renglón seguido del santo) escribo para la afición, esa elástica e incuantificable minoría que además de oír, escucha. Me gustaría que este Minotauro se publicase en las páginas de un periódico antes que en las de un libro. Es otra cosa que echo de menos de un pasado por cierto no tan remoto: los versos en los periódicos, en los pliegos de cordel, en las hojillas volanderas. Yo escribo para los españoles de mi tiempo. ¿La posteridad? A mí que me registren.

Lo único que reivindico es mi legítima. Uno mira a sus contemporáneos. Si el poeta X quiere renovar la mística religiosa, si Y aspira a reverdecer el poema sicalíptico o si Z da en remozar las fábulas de Campoamor (“tienes hora para ir al ginecólogo”), ¿por qué uno no va a poder ensayar el poema histórico, político, ideológico, que no sé cuál de estas tres cosas es más este toricida Minotauro?

Ahora, todo esto está muy bien como teoría y como mantequilla; pero, ¿ha acertado uno? ¿Se encuentra uno con carne en esta salsa? ¿Hay gotas de estética en este vaso colmado de ética? Uno a veces piensa una cosa, y a ratos piensa otra. Lo mejor, en estos casos, es decir “ahí queda eso”, no con chulería ni con despecho, sino con sincera humildad. La parte nunca juzga, y quien publica abdica de buena parte de sus derechos. Por lo menos, al de juzgar. Que juzguen otros. Y además, que hablamos de nimiedades. Cualquier noticia del periódico —no sé, un parricidio, una ley de aguas, la aparición de un nuevo virus— es más importante que unos versitos aseados. En eso también hay que tener humildad.

Podría glosar verso a verso casi cada uno de los quinientos (quinientos trece para ser exactos), como hacía el iluminado de Fontiveros, que usaba del alambique de la glosa-prosa para destilar el alcohol rectificado de la pasta doctrinaria. Pero no haya nadie temor. Tales glosas no sirven para nada, ni aclaran nada, y al mismo ejemplo abulense me remito. Y como los poemas han de sostenerse solos, sin la ortopedia del comento, pues ya va siendo hora de dar fin a esta engolada explicación previa, que es lo que aquí, y por fin, hago. Y como dijo el clásico, no sé cuál, finis coronat opus. Y aquí paz —y nunca mejor dicho—, y después, lo que tenga que venir.



Quiero fer una prosa en román paladino
Gonzalo de Berceo

Lo trágico y lo cómico mezclados
Lope de Vega


...tú desesperas a toda sperança
Juan de Mena


Dedicatoria

Al muy democrático Rey Don Juan Carlos,

el cual por dos vías heredó de España

corona y problema, empresa tamaña

que arredró a los hombres y supo gastarlos

por campos y siglos, y siempre matarlos,

y él solo ha sabido su herencia ganar

de reinos y hombres y, todo a la par,

pasado y futuro sabiendo soldarlos.



Arte de conducir por firmes poco firmes

Que no hay mayor arte que el arte mayor

que enseña la Historia a quien quiera aprender,

de adverso destino saberse torcer,

burlando a Fortuna con ojo avizor,

con sabia experiencia, y freno al ardor,

que quien se contiene de extremos se abstiene

y libre circula y no se detiene,

que mira adelante y al retrovisor.


Atrás y adelante fijemos la vista,

pues es el presente rápida vía

que apócrifo ayer o ignara utopía

a muchos les hace salir de la pista,

¡cuidado que a alguno tal carro lo embista!

Pasado inventado no mueve molino,

pero hace al presente volverse mohino,

lo mismo al futuro, si en plan camorrista.


De lágrima y risa, la cara partida

el hoy por hoy muestra, bifronte moneda

que en dos hemistiquios bifurca vereda.

Es cómica y trágica la hora, la vida:

resulta anacrónica y, al tiempo, atrevida.

¿Es cara o es cruz, victoria o derrota?

Es serio mi canto; si suena a chacota

será que da risa que Mena reincida.


En viejas estrofas cantemos lo nuevo,

que el tiempo no avanza, parado se queda

por más que levanten sus pies polvareda.

Algunos aún buscan volver al Medioevo,

a reinos de taifa, de astur o de suevo.

Al limpio legado de los liberales,

de los ilustrados que fueron cabales,

de este aire viciado pidamos relevo.


Elogio de la experiencia, o donde está la diferencia

La amplia carrera ya está en nuestras manos,

el sol hace tiempo nos abre los ojos,

ni fuimos azules ni ya somos rojos

y a todos contamos un día como hermanos;

pues no somos jóvenes, ni menos ancianos,

de unos y otros saquemos la ciencia,

que un pozo sondamos de rica experiencia:

la otorgan los años, si no fueron vanos.


Invocación que es de rigor en esta suerte de poemas

No ignoro las glorias, tampoco a las musas,

no hablemos de guerras, de muchos reinados

que, por ley de vida, ya fueron pasados.

Pues hoy me dirijo a gentes confusas

—tan sólo me abstengo de aquellas obtusas—

no apelo a la Raza, maciza entelequia,

que miro al cristal que va por la acequia

y Tiempo se llama y no admite excusas.


Pues Tiempo y Razón alientan mi tema,

el dios y la diosa, o Cronos y Palas,

me den que yo vuele volando en sus alas

de ayer hasta hoy en este poema

que quiere apartar del huevo la yema,

y hablen los muertos, respondan los vivos,

que Tiempo y Razón me sean compasivos

y aclaren de España su falso problema.


Donde se recurre, una vez más, al manoseado tópico del homo viator

El Tiempo me dijo: «—Por este camino

se parte y se llega, carece de atajos,

tú piérdete en esos sus altos y bajos,

las ruedas eternas del lento molino

que muele los granos de igual peregrino.

De estas tres ruedas, que son una senda,

quien rinde viaje se sale sin venda:

sin serlo parece un algo adivino.»


Habló la Razón, la diosa más bella,

su mano traía sujeta otra mano

que era su hijo y no era su hermano:

soltarse quería del sol esta estrella,

y no lo pudiendo seguía su huella.

«—El Tiempo es oscuro camino muy largo

y cumple que andes con esto que alargo:

Razón y Sentido Común, sin querella.»


Comienzo mis pasos por este sendero,

feroz laberinto de mala fortuna,

parece que estoy de nuevo en la cuna,

que corre hacia atrás el Tiempo agorero,

que salen fantasmas de algún agujero,

y a aquel Jaime Gil le oigo decir

«—Qué triste esta España.» ¡Que triste es oír

la misma canción en torno al brasero!


Una historia civil puesta en coplas

Yo aún no tenía la barba, el bigote,

que tuve después, yo aún aprendía

la tabla del nueve y el Ave María

—en cálculo siempre sacaba un cerote—,

por más que sobaba el pardo librote

venía una mosca y me iba tras ella,

siguiéndola en sueños, como a una doncella,

muchos me tenían por tonto del bote.


Y tonto yo fui —y aún sigo siendo—,

por más que alelado y un poco apartado

ya entonces sentí el triste legado

de no sé qué cosa de aire tremendo

que en casa flotaba, silencios bebiendo,

de un algo invisible, de un algo terrible

que no se contaba, que era increíble,

un hondo misterio que sólo ahora entiendo.


Callaba mi padre, callaba mi abuelo,

y yo interrogaba, tan niño que era,

el denso silencio que había a mi vera.

Oí de la guerra —mas no sin recelo—

y a mí las noticias llegaron del duelo.

Al cabo lo supe y vi vencedores

que a casa volvieron de aquellos fragores,

al pecho prendidas medallas de hielo.


Pues nunca se gana la guerra civil

pero eso lo sé ahora y no ayer,

pues lento y no acaba es eso, el saber.

Yo guardo un recuerdo, recuerdo infantil,

que nunca se borra, por más que haya mil.

Se alcanza el saber, mas llega muy tarde

cuando es ya el recuerdo pavesa que arde

y quema su llama en el pecho viril.


Yo quise jugar también a la guerra,

dar vuelta al reloj, ganar la partida,

que fue un error de quien por perdida

la tuvo al dejar la ibérica tierra,

de quien se quedó y dentro se encierra,

que todos son viejos, caducos, gastados,

sin fuerzas ni ganas, y muy equivocados,

¡qué le hago yo ahora, si cogí esa perra!


Es cosa sabida, ya Freud nos lo dijo,

que el hombre no alcanza su edad madurada

si al padre no mata cualquier madrugada

y muerde la mano de quien lo bendijo

y pisa en el suelo el buen Crucifijo

y de sus mayores maldice el linaje

y va a todos diciendo con mucho coraje:

—No pido, no aplazo, no entiendo: Yo exijo.


Por este camino de espejo beylesco

—del largo festín aún quedan las sobras—

me veo quemando mis cejas en obras

completas de Marx, de Lenin grotesco

—según hoy lo veo—, de Gramsci dantesco,

Lukács y Marcuse, que no eran lo mismo,

aunque hoy todo valga para el caso lo mismo,

un dato erudito, si no pintoresco.


Un día desperté sudando y llorando

como aquel que perdió su fe de la infancia:

la angustia destila su amarga sustancia,

queriendo creer, mi duda la agrando,

me aferro a la fe, ni yo sé hasta cuándo.

«—¿Acaso no soy, ya, un buen marxista?»

«—Pues no, no lo eres.» —me dijo un taxista,

que, buen proletario, me iba calando.


Pasó a detallarme aquel buen taxista

—el jefe de célula de oculto tejido,

la voz de su amo de su amo el partido—

de mis extravíos la ya larga lista:

el menos de todos, ser revisionista

de no sé qué dogma, no sé qué decreto,

¿dar más importancia al Yo que al Objeto?

¿o era al revés, según mi sofista?


Razón y Tiempo

Por este sendero el Tiempo me alcanza,

me trae, me lleva, de atrás a delante,

a esto cercano, a aquello distante.

Siguiendo su estilo, que siempre es mudanza,

el fiel nunca fija su inquieta balanza,

si no es por la mano de inmóvil Razón

que para, que templa, que lleva a sazón

el fruto que brota tan firme alianza.


Alusión (crítica) a un libro de F. Fukuyama

Cayó la muralla, y fue carambola,

que uno tras otro a tierra vinieron

los altos castillos que un día fueron

y a la realidad dijímosle hola

—y no se confunda con la coca-cola—.

La vuelta al mercado da siempre alegría,

lo sé por mi madre, que ya lo sabía.

¿El fin de la historia? No para esa bola.


Al caminante le ocurre lo que a cierto personaje de Stendhal en Waterloo

Es frío el enero, y más en Berlín,

mas yo muy caliente, y muy ricamente,

me estaba en la cama, bebiendo en la fuente

de todo saber, mientras del motín

nos muestra la tele el muy happy fin.

De aquel año nuevo del ochenta y nueve

es otra la cifra que aún más me mueve

y mancha el recuerdo con rojo carmín.


Tras de alguna efusión íntima, la historia civil continúa

La cosa se sabe: lo nuestro es pasar

y pasa la vida, y todo se acaba;

su dardo mortal sacó de su aljaba

el Tiempo enemigo de todo durar

que ignora el futuro perfecto de amar.

Mas tiempo nos deja el Tiempo mezquino,

que da muchas vueltas el breve camino:

a mí, por ejemplo, me dio por pensar:


«Un siglo se acaba, ya la era se arranca

que libres nos vemos del yugo dañino

del monstruo que sueña, feroz desatino,

echarle las culpas por siempre a la banca,

sin ver su quimera que siempre embarranca

en los arrecifes de la Realidad

—sin brújula va, si no hay Libertad—,

y el hombre prescinde por fin de la tranca.


Por fin hablaremos de escuela y despensa,

de cómo vencemos el cáncer y el sida,

de cómo a los hombres les damos comida,

de tanta cuestión que estaba suspensa,

por más que a diario saliera en la prensa.

¿El fin de la historia? No para esa bola.

Si acaso, comienza el fin de la trola.»


En esto un disparo me hirió con su ofensa.

Miguel Ángel Blanco caía a mi lado,

muy lejos, muy cerca, muy dentro, muy hondo.

Por primera vez, tocábamos fondo.

Después de anunciarlo, un tiro le han dado;

sin aviso a otros les han disparado.

Su nombre no es más que un nombre en la suma

sangrienta que al pecho pacífico abruma.

¿Es bala o es tesis de algún postulado?


Encuentro con sus bisabuelos

Perdido en el tiempo —no es poco el milagro—,

saltóme al camino Miguel de Unamuno

con voz de tormenta, fragor de tribuno;

Antonio Machado, poeta del agro,

le daba compaña, venía muy magro.

«—España me duele, proclamé un buen día

y dije también, y fue profecía:

—La guerra civil bendigo y consagro.»


«A guerra de ideas —terció el buen Machado—

alude el Rector; mas no hay largo trecho

del dicho a los puños, y ya estaba hecho

el daño imparable. Quedó destrozado

su roble, y mi rama de amor otoñado,

sembrados los surcos de sangre y no trigo,

abierto quedó de España el postigo,

cosecha de escarcha dejó el viento helado.»


Del reúma y otras preocupaciones

—Señor don Antonio, señor don Miguel:

A mí el reúma me duele en la caña,

¡y encima que tenga que dolerme España!

Ya no nos gobierna un cabo furriel,

mas no todo ha sido beber hidromiel,

que hacha y serpiente renuevan la historia

—carlistas, cristinos— que era ya escoria,

palabra amarilla de viejo papel.


La quimera federal del siglo XIX (con bonitas alusiones intertextuales a lo Julia Kristeva)

La España asimétrica, el caos cantonal,

¿qué crea o resuelve? ¿Es la división

la forma mejor de hacer la nación?

República hubo que fue federal:

a darnos matraca llegó Pi y Margall,

quijote salido del libro a la calle,

que nunca hay zapato que su horma no halle,

ni loco que escape del propio hospital.


Proposiciones indecorosas que el lector no tiene por qué compartir

Platónica idea parece que es buena

mas tiene también su patología

el mundo ideal de la ideología.

Alguna el caletre y el alma envenena

alguna el error concluye en la pena.

España no es nación de naciones,

ni menos mosaico de muchos cantones.

España es hoy patria común y serena.


Si alguna vez deja el pueblo español

de ser soberano será porque a Europa,

que libre a la Unión más libre galopa,

se funda en más vasto, más alto crisol,

ardiendo en el fuego de idéntico sol.

Será un pueblo unido, será federal

(que aquí sí que tiene sentido cabal):

ni rompecabezas ni juego de rol.


Donde se topa con dos amigos enzarzados en discusiones de familia

En esto pasaron dos hombres cuajados

que muy animados traían su charleta:

un tal Jon Juaristi, que fue de la ETA,

que oía decir: “Prefiero tus fados

mejor que tu prosa tan llena de enfados,

me escuece y me inquieta tanto volatín.”

y el que hablaba era García Martín,

que un carro arrastraba de libros usados.


El otro callaba, no sé qué pensaba,

sí sé que la muerte silbaba en el viento,

un silbo que roba del todo el contento.

Pasaron y yo sentado quedaba,

pensando, pensando, pensando sin traba,

pues Tiempo y Razón nos quitan la soga,

nos vuelven videntes sin ángel ni droga,

ni falta que haga platónica cava.


Reflexiones sobre la lírica en los tiempos de la cólera

Si son malos tiempos, la lírica es muda,

o trueca sus notas, y así, mientras tanto,

no es lírico canto, es épico llanto,

por el desconsuelo de tanta viuda,

de tantos heridos que piden ayuda.

Por tanto hoy por hoy, al nefelibata

sin mucho remilgo quebremos la pata,

por más que nos digan “Tu salsa es muy cruda.”


De lo que preguntaron una vez a Goethe

Que no nos obliguen jamás a elegir

entre orden de fierro, falaz libertad,

espúreo sofisma es ése en verdad.

Más mérito alcanza saber resistir

incluso a sirenas de falso gruñir.

¿Quién dice que no se puede vencer

con urnas y escaños, y el rumbo torcer?

Tan sólo quien busque de nuevo zurcir.


Milagroso y melancólico presente

Ya estamos cansados de tanta patraña.

No hay tierra vencida, que todos vencimos

el día que una Ley a todos nos dimos.

Coser y tejer, doméstica hazaña,

sin corte traumático al modo de Azaña.

Corona y país se dieron su abrazo,

lo viejo y lo nuevo, y ya sin porrazo,

los siglos no vieron empresa tamaña.


Manuales de Historia

Maeztu y Ortega, Baroja, Azorín,

Juanito y Zenobia, doctor Marañón,

el vil Pedro Gálvez, Ricardo León,

el buen Jovellanos, José Moratín,

por no remontarnos al siglo de orín,

nos den su lección: maestros de errores,

su testa y sus carnes sufrieron terrores,

ya no repitamos su aciago trajín.


Un inquietante espectro

Maestro de nada, de todo aprendiz,

en una revuelta lo vi recostado,

la piel ya curtida, el rostro aniñado;

ni joven ni viejo, su angustia es feliz;

ni hembra ni macho, extraño el cariz,

ya todo lo ignora, ya todo lo sabe,

de vuelta ya está por siempre su nave:

si vista de águila, volar de perdiz.


Con tal me detengo que a todos atiende:

muy pocos se paran a oír su gruñido

de dómine enteco y muy desabrido.

Los hombres prefieren el verbo depende;

él solo absoluto por siempre reprende.

«—Mi gracia es Don Nadie; Don Todolosabe

mi mote y apodo; y amargo jarabe

vender es mi oficio: barato se expende.


En medio del burgo abrí yo una escuela

e imparto impasible la misma lección:

de sangre precisa la letra un capón,

de bala silbante o vil sanguijuela.

Cartilla escolar fue siempre la esquela.

Porque es el Dolor el Gran Pedagogo,

quien esto lo niegue es gran demagogo:

el quieto zapato no rompe la suela.


¿Acaso pensáis que Europa o España

la paz que disfrutan de balde la gozan?

Millones de muertos debajo la hozan,

Guadiana de sangre por dentro la baña.

La guerra le tiende su tela a la araña

que agarra la paz en redes labradas

con sangre o saliva que vierten espadas.

El hombre no cambia, ni sabe otra maña.


El cambio tranquilo de la transición

—consenso feliz del orbe admirado—

¿créeis aún que fue un don regalado?

¿Que por vuestro pie colóse el balón?

¡Qué pronto olvidáis la amarga lección!

¿No veis los caídos de antaño y hogaño?

¿No es éste bastante y final desengaño?

Mortero es la sangre en cualquier construcción.»


Prosigue el viaje

Así habló la Muerte, la Historia, la Ciencia,

pues tiene mil nombres el tal personaje.

Picado de espanto seguí mi vïaje.

¿Será que no alcanza el hombre experiencia

si no lo golpean con gran violencia?

¿Precisa es la guerra, mundial o civil,

crüel sacrificio a algún dios hostil

que sólo con sangre concede clemencia?


Detrás de esta loma diviso el presente.

La rueda que rueda, que vuela y no para,

que muele lo viejo y lo nuevo separa,

me lleva a los sitios que vive la gente,

por plazas y calles, marea creciente

se afana, se mueve, en coche o a pie,

y junto a un semáforo pregunto por qué

entre ella ha arraigado razón delincuente.


El Minotauro

Razón delincuente, ¿no es monstruo impensable?

Delinquen los hombres, mas no la Razón:

por eso este caso resulta excepción.

¿Será que aquí habita la bestia insaciable?

¿Es raza maldita la nuestra y culpable?

¿España, y no Creta, prolonga el linaje

de aquel laberinto y debe el peaje

periódicamente pagar inmutable?


Disquisiciones

Pues sólo Razón corrige razones

y sólo con Tiempo se logra este fruto

y no hemos pagado mezquino tributo,

pongamos en claro miopes visiones

que a España explicaron con rancios sermones.

No come este pueblo ningún rancho aparte,

la misma divisa su historia comparte

con esos constructos que llaman naciones.


Bendito Croce

No tribu o rebaño, manada o mesnada:

ya hablen en chino, ya escupan en cheli,

ya vivan en Londres, en Frankfurt o en Delhi,

la historia del hombre es menos que nada

el sueño de un loco por necio contada.

Según dijo Croce, la historia es avance

de la libertad. Mas no sin percance:

tropiezos no faltan en esta calzada.


La corrida y la muerte

El toro de España lo mate Teseo.

Mas dice Belmonte, muy diestro maestro,

vestido de luces: “Este toro nuestro

derrame su sangre, como es mi deseo,

tan sólo en la arena de algún coliseo:

artístico rito, ficción homicida,

que dura tan sólo lo que una corrida;

de aquel laberinto, recuerdo y museo.”


Donde el viajero toma un partido que es un entero

¿Izquierda? ¿Derecha? Pronombres vacíos

que sólo se llenan según su contexto.

En trances notables son sólo un pretexto.

Hoy no me decido, hoy creo los míos

aquellos marcados igual que judíos

por nazis caseros que gritan ¡arriba!

al ido de Arana o a Prat de la Riba:

sus polvos nos manchan con lodos tardíos.


El reinado de Juan Carlos I

Aquí caben todos, mas todo no cabe,

aún el programa es libre albedrío,

incluso se admite algún extravío,

a menos que tuerza del rumbo la nave

en cosa tan recia: la vida es la clave.

Aún liberal es la libertad,

y guía la mano de Su Majestad.

Del Rey para abajo, ya ¿quién no lo sabe?


Epílogo

De tanto dar vueltas, no sé si es sendero

lo que he recorrido o es laberinto

en que ando perdido, tramposo recinto

que siempre devuelve al kilómetro cero.

Pero algo me dice, y creo verdadero,

que Tiempo y Razón apoyan la empresa

y acaso veremos cumplida promesa,

si en tales cayados se apoya el romero.


La Vida es eterna; mi vida es un plazo

que se ha de cumplir, como otras cumplieron

y herencia dejaron, y herencia tuvieron.

Pues otros vendrán, hagámonos lazo

azul y, rogando, tampoco olvidemos el mazo,

que importa constancia, valor marinero,

de Escila y Caribdis salvar el velero,

y, usando del ancla, calar el cedazo.


No quiero el destino de quienes la muerte

estúpida encanta. De quienes del daño

del prójimo creen sacar un apaño.

Hay quienes no alientan idea más fuerte

que hablar sobre el precio de un cuerpo ya inerte.

Pintado, no vivo, me gusta mirar

—porque si está vivo me tienta escapar—

el mismo cansino goyesco aguafuerte.


Cada hombre repite lo ya consabido,

en sí mismo aprende del mundo el misterio,

que va de una cuna a un cementerio.

La vida es la hora que da su vahído

y, al tiempo que expira, su tiempo se es ido.

Otra hora le sigue, minuto a minuto,

de idéntico tiempo tendrá el usufruto,

que para la Vida no hay tiempo perdido.


Mas ésta es la idea, la Vida en abstracto,

que nunca culmina, que siempre repite,

que ofrece por siempre el mismo convite.

El hombre concreto requiere más tacto,

y en él el axioma es más inexacto.

Si es joven, licencia le dan para el yerro,

lo malo es que diga: “En esto me emperro,

de aquí no me muevo, jamás me retracto.”


España me duele, y no en el costado:

dolor de cabeza, en donde la idea

de la libertad, que hoy sufre pedrea.

España me duele, y no en el costado,

en un cuerpo vivo que habrán destrozado

quizás mientras yo, contento y ajeno,

le escribo unos versos a un rostro moreno,

o vivo a mi aire, de amor descuidado.


Ya España no es joven, y ya tropezó,

y más de dos veces, con piedra y quimera,

excusa tendría si fuese primera,

en siglos pasados, ahora ya no.

Una y otra vez España cayó.

Y siempre por culpa del mismo pedrusco,

si no fuera trágico, sería muy chusco:

por ir preguntándose “Buen Dios, ¿quién soy yo?”


En tiernas edades no es mala pregunta,

yo mismo la hice cuando adolescente,

pero hoy reconozco al Ser en el ente.

Mas peina ya canas y no ve la punta

a la vieja España, de siglos ya junta,

y terco pregunta, impugna, regresa

a aquel paraíso que es sólo promesa

quien no ve en el hoy que España despunta.


Si niego la idea, no toco a rebato,

que llamo a las gentes, maduras, sensatas,

que al libro corrijan las feas erratas,

que mal redactó un mal literato,

nunca con la muerte tengamos más trato,

pararse o volver es siempre letal,

que bien que lo supo la estatua de sal.

Por mi libertad no pago fielato.


No toco a rebato, que toco a oración:

Sobre los verdugos, que cierre la ley;

y al mártir memoria consagre la grey

de los que aún vivimos en este rincón.

Perdón, mas no olvido —culpable omisión

sería olvidar lo más verdadero—,

constancia en el Tiempo, que el Tiempo es logrero,

y carga las armas que da la Razón.


Hoy puedo tranquilo con nombre de España

llamar a la junta de los que por cima

de todo colocan, sin nadie que oprima,

a la libertad sin celo y sin saña,

desde Islas Canarias a la alta Montaña,

y eso es España, en esta sazón,

un nombre sinónimo de paz y razón,

y llama su esquila desde esta espadaña.


Final y principio

Aquí acaba el llanto, o digo, mi canto.

Algunos dirán que es verso pedestre.

Bajar de las nubes, volverse terrestre,

es cosa que cumple cuando hay dolor tanto,

que no sea inútil ni vano el quebranto.

Y no lo será, si España se junta,

si no se resigna a verse difunta

y esquiva el morlaco que inspira el espanto.


Aunque otros me opongan que no es para tanto.